Según antiguas leyendas celtas, Tirnanog - La tierra de la eterna juventud,

es una isla mágica donde se puede ser feliz por siempre.


Creando Tirnanog es nuestro intento, casi como un susurro, de contar la vida de artesano.
De puntitas de pie, y sin pedir permiso, inventamos nuestro Tirnanog con lo que hacemos.




Nuestra puerta

Hace casi tres años nos mudamos.
Pero, antes de ello, lo primero que acondicionamos fue la habitación que sería nuestro taller. Es decir, donde pasaríamos la mayor parte del día (e incluso algunas noches). La pintamos de verde. Pero no un verde cualquiera. Necesitábamos que resistiera montones de manchas. Entonces la pintamos en varias gamas, y le agregamos encima una pátina para que, por ejemplo la pintura, no se adhiriera tanto. Y parece que dio resultado!
Pero desde hace casi tres años que quería hacer algo. Esa puerta, la de entrada, tan blanca y pura...
Y tardé casi tres años en descubrir qué quería hacer en ella.
Pero la otra tarde, por fin me decidí. Quería un dibujo rústico, muy boscoso, para que pudiera servir de fondo a las fotos que les sacamos a los productos.
Y arranqué, pero siempre tengo el maldito defecto de arrancar no por el fondo sino por el objeto que quiero pintar. Sé que está mal. Sé que me atrasa y complica mucho el trabajo. Pero no puedo hacerlo de otra manera. Sobre todo porque, a medida que voy pintando, es cuando voy descubriendo qué es exactamente lo que quiero.
Así que... así empecé, con mis dos grandes árboles.

Después descubrí que no quería un cielo azul. En azul no combinaba con nada en la habitación y, además, la parte interna de la puerta del placard está pintada con un bonito cielo azul en donde sacamos fotos a los atrapasueños y las hadas. Esta puerta tenía que ser menos naif. 
Entonces comencé a mezclar colores: amarillo, mostaza, beige, blanco. Con pintura muy aguada y un trapo. En realidad, debo de confesar que, para esta altura, todo el taller estaba convulsionado y agarré lo primero que tenía a mano, que era un trozo de tela del borrador del pizarrón (tengo un moderno borrador al que se le van quitando pedacitos de tela cuando se hacen viejos, para que siempre siga borrando bien). Pero esta textura un poco rugosa me vino genial y la usé. 

También descubrí que necesitaba hacer dos niveles de altura distintos, porque para usar como fondo de las fotos, los duendes pequeños necesitaban estar apoyados sobre un baúl, y los más grandes casi en el piso.
Así que el horizonte lo puse un poco "más allá".

 Entonces, para generar esa doble altura y que los duendes más pequeños (que iban a estar más altos) pudieran tener algo de "fondo" bonito, hice una tanda de árboles más alejados.

Y, al principio prolijamente...

...ya después casi compulsivamente, les agregué follaje. Porque, bueno, como ya dije, el taller es verde, y necesitaba que mi puerta por el momento marrón, tuviera mucho de nuestro color favorito.
Podríamos decir que estaba terminada. Pero no. Le faltaba ese toque. Algo difícil de explicar, pero algo que yo necesitaba para que fuera MI puerta y no una puerta.

Entonces le pinté unos farolitos en las ramas más altas. 

Unos hongos finitos en mi árbol favorito.
Y le agregué un poquito de "neblina" esfumando de blanco con un pincel viejo.

Y voilá! El taller ya tenía la puerta que imaginaba.

Para que los duendes más grandes tuvieran un paisaje en el que les gustara posar para las fotos. 

Y para que un montón de duendecitos pudieran jugar tranquilos entre sus ramas!