Según antiguas leyendas celtas, Tirnanog - La tierra de la eterna juventud,

es una isla mágica donde se puede ser feliz por siempre.


Creando Tirnanog es nuestro intento, casi como un susurro, de contar la vida de artesano.
De puntitas de pie, y sin pedir permiso, inventamos nuestro Tirnanog con lo que hacemos.




Por qué creer

Porque cuando era una niña, que creía en todo y en todos, la vida era mucho más sencilla y más bonita.
Porque cuando creí, fuí mejor persona.

Porque no me creo tan importante como para suponer que lo que veo y lo que toco es lo único que exista.
Porque le reservo al mundo un lugar mucho mejor que el espacio que el mundo me da a mi.

Porque es lo único que jamás podrán prohibirme.
Porque no habrá ley ni castigo para ello.
Porque, aunque no tenga hechos para probarlo, nadie tampoco tendrá nunca hechos para negarlo.

Porque creyendo puedo sentir que todo es mucho más mágico de lo que parece a simple vista.
Porque cuando cierro los ojos, puedo seguir viendo.
Porque también creo en millones de cosas que no puedo palpar.
Porque creo en el amor, en la bondad, en mis sueños, en los sueños de los demás.

Porque jamás voy a permitir que maten mi imaginación.
Porque el único asesino de mis ideas soy yo misma.
Porque me doy la oportunidad.

Porque para creer no necesito nada, me alcanza el sueldo,
 no me lo prohibe mi edad, ni el lugar en donde viva,
ni las cosas que no tengo.

Porque es fácil y sencillo.
Porque no necesito diplomas, ni conocimientos previos, ni idiomas.

Porque cuando me permito creer, mi rostro sonríe.
Porque cuando veo a los niños que creen, me da envidia.
Y cuando veo a los niños que ya no pueden creer, siento que el mundo está eligiendo un camino equivocado.

Porque me emocionan algunas canciones, algunas poesías,
algunas palabras que me hacen cosquillitas en el alma.
Porque me da alas.

Porque ya me cansé de los adultos que se creen adultos por el sólo hecho de no creer en nada.
Porque me da pena la gente que supone que ya no quedan salidas.

Porque todavía no hipotequé mi alma.
Porque todavía conservo la capacidad de asombrarme.

Simplemente, porque creer, me hace feliz!


Vida de artesano

La mejor de mis poesías no es más que esta. Soy una amante empedernida de las palabras. Y tal vez jamás pueda colocarlas de tal modo que simbolicen exactamente lo que siento, pero si existe una manera imperfecta de hacerlo, de seguro es esta. Pasé casi 30 años de mi vida intentando encontrar entre universidades y libros el futuro que me esperaba.
Y el futuro me encontró a mi luego de casi 3 carreras universitarias, de la mano de otro náufrago más que buscaba su destino en un aula del cuarto piso de la carrera de periodismo. Obnubilada de amor (como suele pasarle a las personas que lo buscan por años hasta que asumen su vejez en soledad), pestañeé un segundo. Y al abrir mis ojos de nuevo, ya me encontraba sentada en una lona vendiendo tarjetas pintadas a mano en Parque Centenario, tomando mate y leyendo apuntes. No podría explicar el mágico hechizo que me embrujó, pero por suerte mi amor fue embrujado también. Y en un puestito artesanal de mi barrio, donde vendíamos cuadritos de cerámica cuando salíamos de la facu, descubrí que en el puesto de al lado un pibe vendía unos muñequitos muy parecidos a los que yo imaginaba cuando mi padre me contaba sus mágicas historias luego de la cena.
Una tarde, mientras yo pintaba cuadritos y mi amor los barnizaba, tomamos un paquete de crealina (sí, la que uno usaba en el jardín de infantes) y entre los dos moldeamos algo que llamamos duende. Aunque me pese el orgullo, debo confesar que él lo moldeó más (y mejor) que yo, pero sólo será una anécdota que me hará intentarlo mejor al día siguiente. Y al otro, y al otro, y espero que también mañana, y pasado, lo siga intentando.

Fue mucho sacrificio terminar de cursar la facultad con ya un localcito abierto a pocas cuadras. Nos juntábamos alrededor del mostrador a estudiar historia con nuestros compañeros, a la vez que atendíamos a los escasos clientes.
Cuando terminó ese loco año, no tuvimos nada que decidir. No nos preguntamos jamás qué hacer, sino más bien cómo. Los duendes nos conquistaron el alma mes a mes, y hasta se nos hizo costumbre salir, como cualquier pareja de novios sale, a tomar algo con un libro de duendes bajo el brazo. Y leer, y conocer, e investigar, y debatir, y seguir soñando.
Nos mudamos a un mejor y más grande local en el Palermo viejo que ahora se llama Soho. Y los duendes se multiplicaron por miles. Días y noches, mates y cafés, veranos e inviernos fueron testigos de nuestro paciente aprendizaje. Y cada nuevo libro, regalo de aniversario o cumpleaños, fue la inspiración necesaria para encontrar ese detalle en el rostro que los hiciera únicos.

Y fue definitivo: nuestra vida ya no tenía sentido sin nuestros duendes. Dicen que el amor le cambia a uno la vida, y yo no sé si fue mi amor o los duendes los que me cambiaron primero, o la suma de uno fu
e consecuencia de lo otro. Pero sin duda me conquistaron por completo, mi novio y mis amigos pequeñitos. Y no me refiero sólo a una carrera o a un trabajo. Sino en una manera de sentir la vida, de respetar lo que nos rodea, de ver el mundo como si estuviera de estreno.

Después de tres años de intentar regalarle al apurado capitalino (como alguna vez lo fuimos) un agujerito de armonía entre el cemento, nuestros duendes y nosotros armamos las valijas y nos fuimos a inventar nuestro rincón en el mundo subiendo una rampa de Mar de las Pampas, donde por tres años encontramos inspiración constante e infinita entre sus bosques. Y, creyendo que el nombre de nuestro local es la metáfora de aquello que aspiramos, esperamos tanto nosotros como el que lea, poder convertir en un Tir na n´ög cada pedacito de este mundo por el que dejemos nuestra hu
ella.

Aunque tal vez aún no haya podido explicar lo que deseo, mi intento no es más que el intento de compartir con las personas más importantes (quienes quieren, elogian o adoptan los seres que mi corazón y el de mi novio imaginan), lo que ellos significan en mi vida. El motivo de mi niñez eterna, de mi esperanza intacta por imaginarme un mundo mucho más bonito, de mi orgullosa inocencia de asegurar que en la naturaleza humana sólo existe el amor, de mi manía por querer convencer a los hombres que pueden dar mucho más de sí mismos, de la seguridad de entender que cuando me permití creer me convertí en una mejor persona. Y de la dicha inmensa que llena mi alma cuando puedo ver el brillo en los ojos de un niño, y sobre todo un no tan niño, al encontrarse con la posibilidad de seguir soñando.

Y puede que nuestra vida no esté precisamente cargada de lujos, que nuestras más románticas noches signifiquen compartir un mate mientras intentamos darle vida a un ser pequeñito, que ya no importe nuestro vestuario, o nuestro auto, o la suma de las ventas del mes.
Que esto no se parezca en nada a lo que uno necesita cuando se imagina una vida confortable y segura.
Pero los sueños que me regala la magia de mi amor… la magia de creer, se los aseguro, no la cambiaría por nada de este mundo!

Decorando el taller

 
 Anduvimos de decoradores!!!

Toda persona sabe que la mejor manera de hacer las cosas bien, es mantener el orden y la limpieza en el lugar de trabajo... Pero un artesano... Tiene que ponerle magia!!!

Así que agarré la puerta del placard y le hicimos un paisajito. Un río que corre. Algunos pinos. Un cielo celeste, azul, violeta, naranja... Y un detallecito hadístico en el farolito que cuelga. La pregunta es... como hicieron para colgarlo allá arriba?!?!?!

 

Probamos tantas técnicas juntas para que el cielo saliera como queríamos... que ensuciamos cuanto objeto encontramos: bollos de papel, algodón, gasa, esponja, trapos, dedos... hasta que dimos con el material perfecto para darle el efecto: el borrador del pizzarón!!!!!!!

A la inspiración no le pidan explicaciones. Ahora habrá que comprar otro borrador, o conformarse con un trapo húmedo.
 Pero no me digan que ese cielo no valió la pena!
 
Espero les guste!
                  
Y, cuando el trabajo los agovie, los invito a pasear por la ladera de mi río de "puerta".
                           
Tal vez bajo la sombra del pino más lejano podamos tomarnos unos mates...